«Eclipse»
La obra Eclipse (2002) se erige como un testimonio monumental de la etapa de madurez de Josep Guinovart. Con unas dimensiones imponentes de 204 x 160 cm, esta pieza no funciona simplemente como una ventana a un evento astronómico, sino como una puerta física y espiritual hacia la cosmogonía personal del artista. Realizada apenas cinco años antes de su fallecimiento,
«Eclipse»
La obra Eclipse (2002) se erige como un testimonio monumental de la etapa de madurez de Josep Guinovart. Con unas dimensiones imponentes de 204 x 160 cm, esta pieza no funciona simplemente como una ventana a un evento astronómico, sino como una puerta física y espiritual hacia la cosmogonía personal del artista. Realizada apenas cinco años antes de su fallecimiento,
La obra Eclipse (2002) se erige como un testimonio monumental de la etapa de madurez de Josep Guinovart. Con unas dimensiones imponentes de 204 x 160 cm, esta pieza no funciona simplemente como una ventana a un evento astronómico, sino como una puerta física y espiritual hacia la cosmogonía personal del artista. Realizada apenas cinco años antes de su fallecimiento, Eclipse condensa la sabiduría de un pintor que, tras haber explorado la tierra, el trigo y las raíces de Agramunt durante décadas, alza la vista hacia el firmamento para dialogar con el misterio de lo insondable.
En este lienzo, Guinovart abandona momentáneamente la estridencia de los ocres y los dorados del rastrojo para sumergirse en una atmósfera de quietud azulada y grisácea, donde el evento celeste se convierte en una metáfora del silencio, la ocultación y la revelación. Es una obra que invita a la contemplación, situando al espectador ante la inmensidad del cosmos filtrada por la inconfundible sensibilidad matérica del maestro catalán.
La técnica mixta empleada en Eclipse es paradigmática del modus operandi de Guinovart. El artista nunca entendió la pintura como una superficie bidimensional ilusionista, sino como un campo de batalla material. En esta obra, la frontera entre pintura y escultura se disuelve.
Lo primero que atrapa la atención es el tratamiento de los márgenes. Guinovart rompe la dictadura del marco tradicional integrando en la propia obra un borde texturizado, posiblemente realizado con telas encoladas, papeles o cartones trabajados con resinas, que se arrugan y pliegan creando una orografía propia. Este marco interno, pintado en tonos azules violáceos y matices oxidados, actúa como una «piel» que contiene el evento central. Estos pliegues no son decorativos; son vestigios de la acción física del artista, huellas táctiles que anclan el tema etéreo (el cielo) a la realidad física del objeto (el cuadro).
La superficie central, aunque más lisa que los bordes, no carece de vibración. La aplicación del pigmento sugiere capas de veladuras y rascados, creando una profundidad atmosférica que simula la densidad del aire nocturno o la frialdad del espacio exterior. La convivencia de estas texturas —la rugosidad de los bordes frente a la profundidad nebulosa del centro— genera una tensión visual que obliga al ojo a viajar constantemente de la materia al vacío.
El color en Guinovart es siempre simbólico. Si el ocre es la tierra y el rojo es la vida o el fuego, el azul es el dominio del espíritu, del mar Mediterráneo y, por extensión, del cosmos.
En Eclipse, la paleta está dominada por una gama de azules agrisados, plomizos y cobalto sucio. No es un azul Klein plano y eléctrico, sino un azul «vivido», atmosférico, cargado de matices tormentosos. Este fondo, que ocupa la mayor parte de la composición, actúa como un éter donde flotan los elementos protagonistas.
El negro absoluto del círculo central —el cuerpo eclipsante— es un agujero en la realidad. Es la ausencia total de luz, un «no-color» que absorbe la mirada. Contrastando violentamente con este abismo, el fino creciente de luz blanca y pura que perfila el eclipse se convierte en el punto de mayor tensión lumínica de la obra. Es la resistencia de la luz, la promesa de que el sol sigue ahí, detrás de la sombra.
En la esquina inferior derecha, emerge una forma orgánica oscura, casi negra o marrón muy profundo. Esta masa, que podría interpretarse como una montaña, una roca o la propia curvatura de la Tierra, introduce el elemento telúrico. Es la conexión necesaria: para mirar al cielo, Guinovart necesita tener los pies plantados en la tierra. El contraste entre la masa pesada inferior y la esfera flotante superior equilibra la composición, otorgándole una monumentalidad arquitectónica.
El motivo del eclipse ha sido tratado a lo largo de la historia del arte como un presagio, un momento de suspensión del tiempo o una lucha entre potencias celestes. En la visión de Guinovart de 2002, el eclipse se despoja de connotaciones apocalípticas para adentrarse en el terreno de la poética metafísica.
- La Dualidad Luz/Sombra: El eclipse es la unión de contrarios. Es el matrimonio alquímico entre el Sol y la Luna. Para un artista obsesionado con los ciclos de la naturaleza (la siembra, la cosecha, las estaciones), el eclipse representa un ciclo cósmico, un momento de pausa en el ritmo frenético del universo.
- El Ojo Cósmico: La disposición del círculo negro con el borde iluminado recuerda inevitablemente a un ojo que nos observa desde la oscuridad. Guinovart plantea aquí una inversión de roles: no somos nosotros quienes miramos el cuadro, es el universo quien nos devuelve la mirada a través de esa pupila negra y dilatada.
- La Ventana: Gracias al «marco» texturizado que el artista construye dentro del lienzo, la obra funciona como una ventana. Nos da la sensación de estar dentro de una cueva, o quizás protegidos tras una cortina o un refugio, mirando hacia afuera. Esta estructura de «cuadro dentro del cuadro» enfatiza la sensación de intimidad y refugio frente a la inmensidad exterior.
El año 2002 sitúa esta obra en la última y prolífica etapa de Guinovart. Lejos de acomodarse en la repetición de sus éxitos informalistas de los años 60 y 70, el Guinovart del siglo XXI se muestra más reflexivo, depurando su lenguaje.
Si bien su obra siempre estuvo ligada a la tierra de Agramunt (el trigo, el polvo, la madera), en sus últimos años su mirada se elevó frecuentemente hacia el azul. Obras como Eclipse dialogan con sus series dedicadas al mar y al horizonte, pero dan un paso más allá hacia lo trascendente. Aquí, la materia (la arpillera, la textura) ya no busca representar la rugosidad del suelo, sino capturar la densidad del cielo.
Es interesante notar cómo Eclipse mantiene la fuerza gestual del expresionismo abstracto, pero contenida dentro de una estructura casi mística. Es una obra de silencio. A diferencia de sus obras más «ruidosas» llenas de incrustaciones de objetos, aquí el objeto es la pintura misma y el vacío que representa.
Eclipse (2002) es una obra maestra de síntesis. En ella convergen la destreza técnica de un artista que ha dominado la materia durante medio siglo y la profundidad filosófica de un hombre que contempla el misterio de la existencia.
La pieza desafía al espectador por su escala humana (más de dos metros de altura) y lo envuelve en su atmósfera fría y misteriosa. La convivencia entre la textura rugosa, casi táctil, de los márgenes y la geometría perfecta del fenómeno celeste crea una experiencia estética completa: es a la vez pintura, escultura y poesía visual.
En el contexto de una colección, Eclipse no solo representa la marca visual de Josep Guinovart —su fuerza, su trazo, su materia—, sino que ofrece una faceta más introspectiva y universal. Es un recordatorio de que, incluso para un artista tan apegado a la tierra y a sus raíces, el destino final de la mirada siempre es la luz, incluso (o especialmente) cuando esta se encuentra eclipsada.
Josep Guinovart (1927–2007)
Fue uno de los máximos exponentes de la pintura de posguerra y el arte matérico en España. Comenzó su carrera como pintor de paredes, un origen humilde que siempre reivindicó e integró en su lenguaje artístico mediante el uso de texturas y materiales cotidianos.
Aunque inició con una etapa neofigurativa, su obra evolucionó hacia la abstracción informalista, caracterizada por el uso de relieves de arcilla, madera, paja y objetos encontrados.
Su trabajo refleja una dualidad entre el mar de Barcelona y los campos ocres de Agramunt (Lleida), integrando la tierra y la naturaleza como símbolos fundamentales.
Reconocimientos:
Recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982 y la Cruz de Sant Jordi en 1983.
Legado:
En 1994 se fundó la Fundació Espai Guinovart en Agramunt para preservar su obra.
Sus creaciones forman parte de prestigiosas colecciones como las del Museo Reina Sofía en Madrid, el Guggenheim de Nueva York y el MACBA en Barcelona.


