«El Ciclista»

Antoni Clavé (Barcelona, 1913 - Saint-Tropez 2005)
REF: PI0064
Precio: 18.000,00 
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En los años 50 sus decorados y figurines para teatro y ballet son una parte esencial de su trabajo. Los Caprichos (Ballets dels Champs Elisèes, Paris, 1946); Carmen (Ballets de París de Roland Petit, París, 1949) Ballabile (Salder’s Wells Ballet, Convent Garden, Londres, 1950), La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca (Festival de Biarritz i Théâtre de L’Oeuvre, París 1951), Revanche (Ballets de Ruth Page, Chicago Opera Ballet, 1951), Don Perlimplín de Federico García Lorca (Festival du Xxème Siêcle,, Paris, 1952), Las Bodas de Figaro de Mozart (Festival d’Aix – en Provence, 1952), Deuil en 24 heures (Ballets de Roland Petit, París, 1953). Será en 1954 cuando Clavé decide abandonar la ilistración de libros y los decorados teatrales para dedicarse unicamente a la pintura.

Modelo de vesturario par el ballet «Ballabile»

Año 1950
Técnica Técnica Mixta sobre lienzo
Dimensiones 34 x 24 cm
Procedencia Colección privada Barcelona, Christie's New York (16/05/1990), Colección Kirk Douglas.
Enmarcado Conserva la enmarcación original. Madera y pan de oro.
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«El Ciclista»

En los años 50 sus decorados y figurines para teatro y ballet son una parte esencial de su trabajo. Los Caprichos (Ballets dels Champs Elisèes, Paris, 1946); Carmen (Ballets de París de Roland Petit, París, 1949) Ballabile (Salder’s Wells Ballet, Convent Garden, Londres, 1950), La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca (Festival de Biarritz i Théâtre de L’Oeuvre, París 1951), Revanche (Ballets de Ruth Page, Chicago Opera Ballet, 1951), Don Perlimplín de Federico García Lorca (Festival du Xxème Siêcle,, Paris, 1952), Las Bodas de Figaro de Mozart (Festival d’Aix – en Provence, 1952), Deuil en 24 heures (Ballets de Roland Petit, París, 1953). Será en 1954 cuando Clavé decide abandonar la ilistración de libros y los decorados teatrales para dedicarse unicamente a la pintura.

Modelo de vesturario par el ballet «Ballabile»

Estudio de la Obra

La obra El Ciclista (1950) de Antoni Clavé no es solo un boceto preparatorio; es una cápsula del tiempo que captura el momento exacto en que el artista catalán conquistaba los escenarios de Europa, justo antes de consagrarse definitivamente a la pintura matérica. Realizada como diseño de vestuario para el ballet Ballabile, estrenado en el Sadler’s Wells Ballet (actual Royal Ballet) del Covent Garden de Londres, esta pieza condensa la genialidad escenográfica de Clavé: una capacidad única para transformar la figura humana en un elemento narrativo, cargado de textura, misterio y teatralidad.

Esta técnica mixta sobre lienzo, de formato íntimo (34 x 24 cm), trasciende su función utilitaria de «figurín» para erigirse como una pintura autónoma. En ella, Clavé no se limita a diseñar ropa; construye un personaje. La obra encapsula la atmósfera de la posguerra europea, donde la vanguardia parisina y el expresionismo español se daban la mano en los pinceles de un artista que estaba en la cúspide de su carrera como escenógrafo.

Visualmente, El Ciclista es un testimonio de la transición estilística de Clavé. A primera vista, la obra destaca por su fuerte contraste y su atmósfera casi tenebrista, herencia de la tradición barroca española, pero filtrada por la modernidad de la Escuela de París.

La figura del ciclista se presenta frontalmente, ataviada con una camiseta de rayas horizontales —un motivo visual potente que remite tanto a la iconografía picasiana como a la indumentaria popular francesa y circense—. Clavé utiliza la técnica mixta para dotar al lienzo de una cualidad táctil. No es una superficie plana; hay una búsqueda de volumen a través de la mancha y el gesto. Los trazos negros, vigorosos y gestuales, definen los contornos de la bicicleta y del personaje con una inmediatez que sugiere movimiento. La bicicleta no está dibujada con precisión técnica, sino «inscrita» en la pintura, casi esgrafiada, lo que otorga al objeto una cualidad etérea, como si fuera una extensión del propio cuerpo del bailarín.

El fondo, oscuro y envolvente, hace resaltar la figura iluminada con blancos sucios y grises, creando un efecto de «luz de escenario». En la parte superior, formas casi abstractas y caligráficas flotan sobre la cabeza del ciclista, sugiriendo quizás elementos del decorado o simplemente la energía cinética que la danza debía transmitir.

Es notable la conservación de la enmarcación original en madera y pan de oro. Este detalle no es menor; indica que, ya en su momento, la obra fue considerada un objeto precioso, digno de ser exhibido más allá de los talleres de costura del teatro. El dorado del marco contrasta con la sobriedad cromática de la pintura, elevando el boceto a la categoría de «joya» de colección.

Para comprender la magnitud de El Ciclista, es imperativo situarlo en la cronología de Clavé. La década de 1950 representa el cenit de su producción escenográfica. Clavé no era un simple decorador; era un visionario que entendía el escenario como un lienzo tridimensional.

La obra pertenece al diseño de producción de «Ballabile» (1950), un ballet coreografiado por Roland Petit. El título, que en italiano significa «bailable», era una sátira cariñosa sobre los estilos de danza y la vida cotidiana. Clavé diseñó para esta obra un universo visual que combinaba lo onírico con lo cotidiano, y El Ciclista representa uno de esos personajes urbanos, desenfadados, que irrumpían en la escena clásica del Covent Garden.

Este periodo «teatral» de Clavé es de una intensidad abrumadora, como lo demuestran sus colaboraciones ininterrumpidas:

  • Comienza con el impacto de Los Caprichos (1946) para los Ballets des Champs-Élysées, donde su reinterpretación de Goya le valió el reconocimiento inmediato.

  • Alcanza la fama mundial con Carmen (1949), también junto a Roland Petit. La crítica internacional aclamó su capacidad para evocar una España trágica y sensual sin caer en el folclore barato.

  • Tras Ballabile, su agenda continuó imparable: La Casa de Bernarda Alba (1951), Don Perlimplín (1952) y Las Bodas de Fígaro (1952), demostrando su versatilidad para saltar de Lorca a Mozart sin perder su sello personal.

En este contexto, El Ciclista se sitúa en el ecuador de esta etapa frenética. Es una obra madura, ejecutada por un artista que domina el espacio y la luz, y que sabe exactamente cómo un traje debe comportarse bajo los focos y en movimiento.

El valor histórico de esta pieza se ve incrementado sustancialmente por su excepcional procedencia. Tras salir de una colección privada en Barcelona, la obra cruzó el Atlántico para ser subastada en la prestigiosa casa Christie’s Nueva York el 16 de mayo de 1990.

Fue allí donde pasó a formar parte de la colección de Kirk Douglas. La adquisición por parte del legendario actor de Hollywood no es anecdótica. Douglas, conocido por su intensa presencia escénica y su amor por el arte con carácter, debió ver en este «Ciclista» un reflejo de la fuerza interpretativa. La conexión entre el mundo del cine, el teatro y la pintura se cristaliza en esta pieza: un actor coleccionando la obra de un escenógrafo. Esta procedencia dota a la obra de un «glamour» histórico y valida la relevancia internacional de Clavé en el mercado del arte del siglo XX.

Este lienzo adquiere una importancia melancólica si consideramos lo que sucedería apenas cuatro años después. En 1954, estando en la cima del éxito como escenógrafo (tras Deuil en 24 heures), Clavé toma una decisión radical: abandonar la ilustración y los decorados teatrales.

El artista sentía que el éxito del teatro le estaba «devorando» su identidad como pintor. Ansiaba el silencio del estudio y la investigación profunda sobre la materia. Por tanto, El Ciclista es uno de los últimos testimonios de esa época dorada donde Clavé trabajaba para el público. En los trazos densos y la textura de esta obra, ya se intuye al Clavé futuro: el pintor del «tapiz», de los «guerriers» (guerreros) y de los «rois» (reyes). La abstracción y el informalismo que definirían su obra tardía ya laten en la soltura con la que resuelve la figura de este ciclista.

El Ciclista de Antoni Clavé es mucho más que un estudio de vestuario; es una obra maestra de pequeño formato que condensa la historia del ballet europeo de mediados de siglo. Aúna la maestría técnica de un pintor dotado, la visión espacial de un escenógrafo revolucionario y la historia de un coleccionismo de élite (Kirk Douglas).

La pieza, con su marco original que la sacraliza, nos invita a recordar el momento en que Antoni Clavé vistió de modernidad los escenarios de Londres y París. Es una ventana abierta a 1950, un año bisagra donde la figuración teatral de Clavé alcanzó tal perfección plástica que, inevitablemente, tuvo que morir para dar paso a la gran pintura matérica que le aseguraría su lugar en el panteón del arte contemporáneo universal. Una pieza indispensable para comprender la evolución total del artista catalán.

Sobre el Autor
Antoni Clavé i Sanmartí (Barcelona, 1913 – Saint-Tropez, 2005)
Fue un polifacético artista español —pintor, escultor, grabador y escenógrafo— reconocido como una de las figuras más internacionales del arte del siglo XX.
Su carrera comenzó en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y sus primeros pasos profesionales fueron en el cartelismo cinematográfico. Tras la Guerra Civil española, se exilió en Francia, donde desarrolló la mayor parte de su obra.

Su estilo evolucionó desde una figuración inicial, influenciada por la Escuela de París, hacia una abstracción lírica e informalista.

Influencias: Admiraba profundamente a los maestros clásicos como El Greco, Zurbarán, Goya y Rembrandt, a quienes dedicó series de grabados.

Técnicas: Destacó por su maestría en el collage, el grabado (especialmente aguafuertes y litografías) y el uso de texturas complejas con manchas y «arañazos» en sus lienzos.

Escenografía: También alcanzó gran éxito diseñando decorados y vestuarios para ballet y teatro en París.

Sus obras se encuentran en instituciones de prestigio mundial, incluyendo:
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